Para poder entender la historia de Roses es esencial conocer el territorio en el que se construyeron los asentamientos humanos y los grandes cambios que el paisaje ha sufrido a lo largo del tiempo.
Una de las primeras cosas que descubre una persona cuando llega a Roses es el hecho de que su gran bahía se encuentra protegida de los vientos de norte –—tramontana— y del este —levante—, que en la zona del Ampurdán suelen soplar con fuerza. Este hecho era de gran utilidad para los barcos que navegaban por la zona en dirección norte y debían navegar por el Cabo de Creus, un lugar donde es habitual encontrarse con un mar en mal estado y fuerte oleaje. Si se encontraban con un fuerte temporal, podían refugiarse en la bahía y esperar hasta que el tiempo mejorara. Los barcos más pequeños se sacaban a tierra y se disponían sobre la arena de la playa para protegerlos, como todavía se hace hoy día en algunas playas con las barcas de pesca. Los barcos de gran calado podían anclar en la bahía.
Roses también era ideal como punto de aprovisionamiento, ya que una serie de pequeños arroyos proporcionaban agua dulce para las tripulaciones.
Este hecho ha marcado buena parte de la historia de Roses y la ha convertido a lo largo del tiempo en un puerto idóneo. No solo para los barcos comerciales, sino que en determinadas épocas ha sido un puerto importante desde el punto de vista militar, por su situación estratégica, próxima al Pirineo y la costa francesa.
Otro elemento importante son los cambios producidos en el paisaje. Habitualmente se considera que la configuración del territorio y su orografía son elementos que influyen de forma decisiva en la elección de los lugares donde establecer asentamientos humanos. En pocos lugares esta afirmación es más cierta que en Roses. El problema es que el entorno que vemos hoy día es muy distinto al que hace 2500 años se encontraron los griegos. Pero no solo eso: el entorno donde habitaron los griegos en el siglo IV antes de nuestra era (a. n. e). era diferente al que existía en época medieval y este no era el mismo que el del siglo XVI, cuando se construyó la Ciutadella. Por tanto, uno de los grandes retos que afronta el visitante es el de entender y visualizar estos grandes cambios que se han producido en el paisaje.
La aportación de arenas que a lo largo del tiempo han ido depositando los diversos riachuelos y torrentes de la zona ha ido acumulando sedimentos y provocando un progresivo desplazamiento de la línea de costa en dirección sur, lo que, a su vez, ha provocado también que los nuevos establecimientos humanos cada vez se fueran desplazando en esa dirección, buscando siempre la proximidad de la playa. Además, una parte importante del territorio inmediato estaba ocupado por marismas que se han ido desecando con el paso de los siglos, ya sea de forma natural o, sobretodo, por la intervención humana.
En el siglo IV a. n. e., en el momento en que una comunidad griega decidió fundar una pequeña colonia, el paisaje no tenía nada que ver con el actual. El pequeño altozano de Santa María, donde actualmente se alza el monasterio, era en esos momentos una elevación que penetraba ligeramente en el mar, flanqueada por dos cursos fluviales, la riera de la Trencada al oeste y el conocido como Rec Fondo al este. La línea de playa se situaba en aquellos momentos prácticamente a los pies de la pequeña elevación, a unos doscientos cincuenta metros al norte de la posición actual.

En época romana (seis siglos después), la línea de costa ya se había desplazado hacia el sur y el viejo muelle que habían construido los griegos ya era inútil —separado veinte metros del agua— y acabó cubierto por un edificio de tipo industrial (ficha 1). Pero quizás el ejemplo más claro de estos cambios, lo hallemos en el siglo xvi, momento de construcción de la fortaleza de la Ciutadella. Su muralla sur se construyó tocando el agua del mar. Solo hay que echar un vistazo a la parte exterior de esta muralla y se podrá apreciar cómo todavía se conservan, adosadas al muro, unas grandes anillas de hierro que no eran otra cosa que los amarres para los barcos. Esto significa que el espacio donde se ubica la actual calle de acceso a Roses (avenida Rhode) era, en el siglo xvi, agua.

Hay un último elemento que ha condicionado la historia del poblamiento de Roses. Toda la zona situada al oeste de la actual fortaleza de la Ciutadella estaba ocupada por una extensa área de humedales y marismas que dificultaban la penetración hacia el interior. Esto hacía que Roses fuera un espacio ideal al que llegar por mar y fondear los barcos, de hecho, mucho más adecuada que la costa de la vecina Ampurias, situada unos kilómetros al sur. Por el contrario, era mucho más complicada la comunicación con el territorio del interior, necesaria para establecer lazos y rutas comerciales hacia la llanura ampurdanesa y el llano de Girona.

Fuente: Arxiu Municipal Roses.
|
Unas rieras que se mueven La construcción de la fortaleza moderna de la Ciutadella implicó un desplazamiento de las dos rieras que hasta entonces circulaban a ambos lados de la colina de Santa María. La riera de la Trencada se desvió más hacia el oeste, fuera del nuevo foso. También se desplazó y, al final se cegó, el Rec Fondo porque de no hacerlo, habría transitado por el centro de la fortificación. |
Para saber más
Bouzas, M., Burch, J., Julià, R., Palahí, Ll., Pons, P. y Solà, I. (2023). Changes and transformations on the coast using the example of Roses (Alt Empordà, Catalonia). Land, 12. https://www.mdpi.com/2073-445X/12/12/2104
Puig, A. M. (2012). La problemática del entorno periurbano de Rhode. En C. Belarte y R. Plana (coords.), El paisatge periurbà a la Mediterrània occidental durant la protohistòria i l’antiguitat (pp. 83–98). https://recercat.cat/handle/2072/231093#page=1
